La zona se
encontraba en silencio, sin contar el sonido de la lluvia golpear el pavimento
y los escombros de los edificios acumulados por años que hacían del camino un
laberinto de paredes derrumbadas, vidrios rotos, barro y vegetación. En la
esquina se veía cómo un edificio de doce pisos había quedado inclinado como una
pieza de dominó sobre un segundo, mientras que muchos otros apenas se les podían
llamar construcciones. Robert decía que el área estaba desocupada, debido a la
cercanía al gueto, la colonia no podía permitir que sus alrededores se llenaran
de ellos. Pero aun así mantenía una
guardia constante y hacía que el grupo se moviera en el mayor silencio. El
constante golpeteo de la lluvia aminoraba el problema del ruido, pero empeoraba
la visibilidad, por lo que cada diez minutos mandaba a un par de personas a explorar
el camino antes de avanzar.
El hambre,
el frío y la lluvia tenían al grupo con la moral baja. Añadido a eso el
constante estado de alerta en que debían permanecer para evitar traicionar de
cualquier modo su presencia en la zona, hacía que algunos estuvieran al borde
del colapso. Isa, la más joven del grupo con 16 años, cayó al suelo con un ruido
sordo y no se levantó más. Venía mostrando señales de agotamiento desde hace
días y Robert se preguntaba cuánto más podría resistir. Estaba a punto de dar
la señal que pausaba la marcha, pero Beck se le adelantó, y sin esperar orden o
reacción alguna, tomó a Isa en sus brazos y la cargó sobre sus hombros. Dirigió
una mirada de asentimiento a Robert y continuó caminando. Al ver esto, el grupo
siguió avanzando como si nada hubiera ocurrido. La verdad era que todos sólo
querían llegar lo más pronto posible a su destino.
Un gesto apenas
perceptible de Jack, que encabezaba la marcha, hizo que todos se detuvieran en
el momento. La tensión era tal que podría quebrarse con el menor desliz. Pocos
metros más adelante, una figura solitaria avanzaba en su dirección. A paso
lento, casi vacilante; su cabeza agachada no permitía distinguir sus rasgos. Todo
alrededor de ella era oscuridad. La incertidumbre y el miedo amenazaron con
dominarlos, pero todos sabían que hacer. Con un movimiento rápido, Robert levantó
el fusil y apuntó. En un segundo la luz de la luna se coló en medio de las
nubes y los edificios, descubriendo un rostro familiar. Al segundo siguiente su
cuerpo caía como el de una marioneta a la cual le han cortado las cuerdas,
mientras que de sus labios se escapaba una palabra que sólo Jack alcanzó a
escuchar.
“vienen”
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