viernes, 15 de abril de 2016

Cerca

La zona se encontraba en silencio, sin contar el sonido de la lluvia golpear el pavimento y los escombros de los edificios acumulados por años que hacían del camino un laberinto de paredes derrumbadas, vidrios rotos, barro y vegetación. En la esquina se veía cómo un edificio de doce pisos había quedado inclinado como una pieza de dominó sobre un segundo, mientras que muchos otros apenas se les podían llamar construcciones. Robert decía que el área estaba desocupada, debido a la cercanía al gueto, la colonia no podía permitir que sus alrededores se llenaran de ellos. Pero aun así mantenía una guardia constante y hacía que el grupo se moviera en el mayor silencio. El constante golpeteo de la lluvia aminoraba el problema del ruido, pero empeoraba la visibilidad, por lo que cada diez minutos mandaba a un par de personas a explorar el camino antes de avanzar.  
El hambre, el frío y la lluvia tenían al grupo con la moral baja. Añadido a eso el constante estado de alerta en que debían permanecer para evitar traicionar de cualquier modo su presencia en la zona, hacía que algunos estuvieran al borde del colapso. Isa, la más joven del grupo con 16 años, cayó al suelo con un ruido sordo y no se levantó más. Venía mostrando señales de agotamiento desde hace días y Robert se preguntaba cuánto más podría resistir. Estaba a punto de dar la señal que pausaba la marcha, pero Beck se le adelantó, y sin esperar orden o reacción alguna, tomó a Isa en sus brazos y la cargó sobre sus hombros. Dirigió una mirada de asentimiento a Robert y continuó caminando. Al ver esto, el grupo siguió avanzando como si nada hubiera ocurrido. La verdad era que todos sólo querían llegar lo más pronto posible a su destino.
Un gesto apenas perceptible de Jack, que encabezaba la marcha, hizo que todos se detuvieran en el momento. La tensión era tal que podría quebrarse con el menor desliz. Pocos metros más adelante, una figura solitaria avanzaba en su dirección. A paso lento, casi vacilante; su cabeza agachada no permitía distinguir sus rasgos. Todo alrededor de ella era oscuridad. La incertidumbre y el miedo amenazaron con dominarlos, pero todos sabían que hacer. Con un movimiento rápido, Robert levantó el fusil y apuntó. En un segundo la luz de la luna se coló en medio de las nubes y los edificios, descubriendo un rostro familiar. Al segundo siguiente su cuerpo caía como el de una marioneta a la cual le han cortado las cuerdas, mientras que de sus labios se escapaba una palabra que sólo Jack alcanzó a escuchar.

“vienen”